Hairy Tails
Una serie de minicuentos cautivadores
A veces, las cosas más simples son las más profundas. Esta campaña artística no habla de peinados imposibles ni de técnicas innovadoras, y tampoco se enmarca dentro de las grandes expresiones de arte que encontraríamos en un museo con columnas corintias en la entrada, ni en los teatros con los techos más altos de la ciudad condal.
Este nuevo proyecto artístico habla de esas pequeñas notas de fantasía a las que todo el mundo recurre para hacer del día a día un lugar más amable y ligero, como adentrarse en una historia de ficción o decidir cambiar el tono del cabello. Hairy Tails une peluquería y literatura para representar artísticamente una melena tan viva y brillante como la varita del hada más travieso.
En cuanto al lenguaje visual, hemos decidido expresarlo a través de pelo con varios tonos (tanto de fantasía como tradicionales, pero siempre conseguidos con una de nuestras coloraciones naturales) que se estiran, giran sobre sí mismos y se atornillan lentamente, como si una fuerza suave e invisible les arrastrara. Es una danza de ondas anchas y sinuosas, una alegoría de la exuberancia acuática de un pelo sano.
Por lo que respecta a las palabras, nos hemos acogido a la fórmula del microcuento tradicional y hemos dado un papel protagonista a las melenas y sus tonalidades.
Por supuesto, ningún IA ha intervenido en ninguno de los procesos de creación de estas piezas: en esta colección no tienen lugar los artificios.
Al final, Marta se atrevió
Discreta, tímida y algo asustadiza, de adolescente cogió la costumbre de esconderse bajo la visera de una gorra y llevar siempre gafas de sol. Hasta que un día, él, con una sonrisa pícara, le arrancó la gorra y la levantó bien alto, mientras ella saltaba intentando recuperarla.
Le lanzó una mirada furiosa, con los ojos encendidos como llamas, y él, al verla por fin, se quedó sin palabras. De hecho, se puso rojo.
—No deberías esconderte —le dijo.
Desde entonces, María lleva la melena suelta y escarlata como las brasas vivas. Y él, cuando caminan juntos con el brazo sobre sus hombros, de vez en cuando enrosca un dedo entre su cabello. Le ha quedado esa manía.
Parecerás una bruja, Claudia
—Parecerás una bruja, Claudia. Ya no tienes edad para llevar el pelo largo y oscuro, no es natural. Además, te endurece los rasgos; tendrás cara de bruja. Hazme caso.
—Creo que tienes razón —respondió ella, mientras él volvía a girar la cabeza hacia la tele.
Cuando llegó a la peluquería, pidió un castaño tan oscuro como un expreso italiano. Y que le cortaran solo las puntas. Ni un milímetro más.
Al salir, se tomó un gin-tonic y, desde el mismo bar, compró un billete a Venecia. Solo de ida, de momento.
El dia que me crucé con un lobo
Una vez, me crucé con un lobo de verdad. Fue en un valle alpino. Me desvié del camino sin saber por qué, y él apareció entre los helechos. Pensé en huir o subirme a un árbol, pero no me moví. No por miedo, sino por fascinación. Sus ojos amarillos me atrajeron como la luz atrae a las mariposas hacia su propio final.
Alargué la mano y él, en vez de morderme, me dejó acariciar su lomo plateado.
Desde entonces, llevo el pelo plateado como la luna y como su pelaje, para recordarme que los caminos que más miedo dan son, a menudo, los que más valen la pena.
Remitente: la vida que negaste
Carta a Jordi Bosch:
Hoy hace cinco años que te fuiste y he sentido la necesidad de escribirte una carta.
Quería decirte que entendí la profundidad de tu tristeza; yo también la sentí. Nadie que no haya oído un “lo sentimos, no podrán tener hijos” puede hacerse una idea de lo terrible que es. También entendí que me culparas a mí, a mi cuerpo, de aquel despropósito, porque yo también lo hice. Fíjate si tenemos cosas en común. Me cargué con una culpa inhumana, y tú la duplicaste: “la vida es sabia; si no quiere que tengas hijos, por algo será”. Y cerraste la puerta para siempre.
Adjunto a esta carta, encontrarás la foto de una niña. Se llama Carlota, pero la llamamos Peach, porque al nacer tenía un vello suave, de un naranja rosado, que la hacía parecer un melocotón recién cogido. Ya verás que, con tres años, aunque ya tiene media melena, conserva aún ese color adorable.
Ah, por cierto: nació de mis entrañas. Se ve que la vida, lo que quería en realidad, era que dejáramos de tener tantas cosas en común.
Que te vaya bien.
Las mujeres que nunca se apartan
Julia siempre ha sabido pedir perdón mejor que permiso, aunque esto último tampoco es muy habitual en ella. A los diez años leyó la historia de Mary Jackson, la primera mujer afroamericana ingeniera de la NASA, y quedó fascinada por aquel mundo de motores, órbitas y números, pero sobre todo por ella.
Una mujer que tuvo que pedir permiso a un juez para poder estudiar. Una mujer que no se dejó apartar.
Aquella misma tarde, Julia le dijo a su madre que quería ir a Carol Bruguera a teñirse el pelo de magenta, como una galaxia. Su madre se negó: le pareció un capricho, ganas de llamar la atención.
—No lo es —dijo Julia—. Es para que, cuando me mire al espejo, recuerde siempre que nadie me pueda apartar de mis aspiraciones.
Y su madre la acompañó.
Nora no llevará nunca trenzas
Nora camina por la Plaza Mayor de Manresa luciendo su melena verde, como un prado regado por la lluvia. Pero no siempre ha tenido el pelo de ese color. Cuando su padre intentaba, sin éxito, hacerle trenzas, entonces era castaño.
Cada fin de semana y en verano paseaban por la acequia, cuando ella era muy pequeña de la mano de él, y luego ella correteando delante. Después se tumbaban en la hierba, bien verde y a veces húmeda, y ella no aceptaba volver a casa hasta que él se hubiera inventado una buena historia. Al levantarse, él le quitaba las briznas de hierba del cabello, pero siempre le dejaba alguna.
Cuando se fue a estudiar a Barcelona, aquella rutina sólo se repetía en verano. Pero cuando volvió la última vez, el último año de carrera, su padre ya no estaba.
Nora nunca lleva trenzas. Prefiere la melena suelta y del mismo color que un prado de montaña aún húmedo, para que sea bien visible desde el cielo, para que él pueda mirarla desde allí y recuerde, cada día, igual que ella, sus tardes junto a la acequia.
Informe clínico orientativo
Unidad de Dermatología Pediátrica del Hospital de la Vall d’Hebron
Paciente: F., sexo femenino, nacida el 05/07/2021.
Motivo de consulta: nacimiento con cabello de color azul intenso, sin antecedentes familiares.
A lo largo de los últimos meses se han realizado análisis de sangre, estudios genéticos, biopsia capilar, pruebas de imagen y observación continuada. Todos los resultados han sido normales. No se han detectado alteraciones estructurales ni metabólicas que expliquen la pigmentación.
El color azul se mantiene estable, no presenta decoloración ni responde a tratamientos tópicos.
Durante las visitas, F. ha mostrado un carácter sociable, alegre y extraordinariamente afectuoso con todo el personal médico. Su desarrollo es acorde a su edad, pero su manera de estar en el mundo parece excepcional.
Conclusión: no se ha hallado causa clínica ni genética para el color del cabello.
Anotación final: por exclusión, y a modo de hipótesis poética, solo podemos concluir que su pelo es azul simplemente porque es como un cielo de primavera.
El secreto de un gran vino
En la Garriga, cerca de los Cingles de Bertí, se extiende una pequeña finca vinícola conocida solo por unos pocos. El vino que allí se elabora no sale al mercado: se embotella a mano y se reparte entre familias de la zona. Pero quienes lo han probado saben que es denso, oscuro, intenso. Y que solo se produce cada dos años.
El propietario mantiene dos normas inquebrantables: quienes participan en la elaboración firman un pacto de silencio y, sobre todo, ninguna mujer puede pisar la uva, porque dice que desequilibran el mosto.
El último verano, una quincena de hombres realizó la vendimia. Todos eran corpulentos, salvo el más joven: con la boina calada y un chaleco de lino demasiado ancho, trabajaba en silencio, con los ojos siempre bajos.
El lagar era una fiesta. Al pisar la uva ya se intuía si el vino sería bueno. Ese año, el mosto era espeso, dulce, perfumado. Cuando todos salieron de la tina, el más joven seguía dentro. Alzó la mirada, bajo unos rasgos demasiado suaves. Se desabrochó el chaleco, se quitó la boina y una melena granate cayó en cascada.
Y ella dijo:
—Ya lo veis, granate como el Cabernet Sauvignon.
Aina por fin lo ha entendido
Aina vive en una casa aislada cerca de Ripoll, rodeada de bosque. Cuando el invierno se alarga, le cuesta salir. No es miedo, exactamente. Es esa sensación extraña de no saber muy bien dónde ponerse al cruzar la plaza.
Esta mañana se ha calzado unas botas antiguas que eran de su madre: de colores vivos, con dibujos setenteros. Le han hecho gracia. Ha salido a caminar. Al cruzarse con una chica, ha notado una mirada rara, entre la sorpresa y la burla.
Ha desviado la vista y ha seguido monte arriba. Al cabo de un rato, ha apoyado la frente en un abeto. Algo pegajoso le ha manchado la manga: resina. Sabe que los árboles la segregan cuando están heridos. Como una defensa.
Junto a ella, gotas de ámbar brillaban en la corteza. Entonces lo ha entendido. Se ha quitado el gorro de lana y ha dejado que su melena cayera sobre los hombros. Es ambarina, como la miel.
Y le recordará que nadie puede hacerle daño si ella no lo permite.
Nil pensaba encontrar la paz en las flores
El 20 de junio de 2018, se hizo un silencio absoluto en el Palau Robert, a pesar de las más de 400 personalidades del mundo del periodismo que llenaban la sala. El ganador del Premio Internacional de Fotoperiodismo Manuel Outumuro no subió al escenario.
Porque no estaba allí.
Desde que volvió de Mali, un año antes, Nil no había salido del jardín. Ni había vuelto a hablar. Completamente mudo, se dedicaba a fotografiar flores, siempre rosas, a veces lilas. En invierno, ciclámenes; en verano, buganvillas.
Aunque nunca lo dijo, su hermana intuía que esperaba que aquella herida, la de los horrores de la guerra que había inmortalizado, dejara de supurar. Ella lo acompañaba en su silencio: compartían tés, miraban las nubes, él hacía fotos y ella lo abrazaba por detrás. Cuando intentaba colocarse frente a la cámara, él la apartaba. Nunca disparaba.
Una mañana de septiembre, amplió la foto que acababa de hacer. En la parte inferior, la sonrisa de su hermana. En el centro, una mirada húmeda. Y en la parte superior, flotando frente a las nubes, la melena rosa con la que ella había aparecido aquella mañana.
Un rosa hipnótico como la buganvilla.
No sé si fue el aroma o el veneno, que me hizo perder el sentido
Ser temporera de la lavanda es, en realidad, esperar. Esperar a junio o julio, según el capricho del sol y la lluvia, para reencontrarte en la Provenza con esos grupitos que llegan en autocar desde distintos puntos de Cataluña. Y si uno de los chicos es tu amor platónico de verano, el invierno se vuelve insoportablemente largo.
Pau y yo solo nos decíamos “hola” y “buenas noches”, entre hoces y enjambres de abejas. El perfume lo volvía todo más lento, más blando. Pero ni así, durante tres veranos, me atreví a decirle nada más.
El cuarto año, al verlo, me escondí entre las matas: iba despeinada. Tropecé con una colmena y las abejas me picaron hasta hacerme perder el sentido.
Desperté en el hospital con su sonrisa descarada delante. Dicen que me llevó en brazos, que no se movió de la silla. Y que, entre el veneno y la lavanda, empecé a hablar.
Ahora, cuando me huele la melena y me besa la cabeza, me dice: “aunque te hayas teñido de lila como la lavanda en junio, no volverás a esconderte de mí.”
Y yo no le digo que me la teñí para recordar siempre aquel día.